lunes, 13 de mayo de 2013

Opinión Vicent Selva: Entre la desindustrialización y la tragedia


Dos noticias en los últimos días han llamado mi atención, por encima del resto. La primera, el horrible accidente ocurrido en Bangladesh, donde más de 1000 trabajadores perdieron la vida al derrumbarse el edificio donde se encontraban los talleres donde realizaban su trabajo. La segunda, la dramática cifra de desempleados que en el País Valenciano no deja de crecer, situándose, según los datos del Servicio Público de Empleo Estatal, en 592.797. Un País Valenciano con ciudades como Elx y Crevillent, que fueron referentes industriales, en el calzado la primera, y en la alfombra la segunda.

Podría parecer que no existe ninguna relación entre las dos noticias. Que nada tiene que ver un accidente laboral en un país asiático, con los datos de desempleo del País Valenciano. Pero un análisis profundo, debería hacernos cambiar esta percepción. Voy a intentar explicarme.

Hubo un momento en el que el País Valenciano y nuestra comarca, el Baix Vinalopó, fueron un referente industrial en diferentes sectores. Sin embargo, desde principios de los años ’90, y de forma paulatina, muchas de las empresas que producían en nuestra tierra decidieron que era más conveniente deslocalizar su producción, con el objetivo de producir más barato gracias a las legislaciones más laxas en materia laboral que podían encontrar en países del Tercer Mundo, como Pakistán, Sri Lanka o Marruecos.

Las consecuencias fueron que la implantación de las empresas en estos países, bien directamente, bien mediante subcontratas, sin que existiera una legislación que protegiera mínimamente los derechos de los trabajadores, efectivamente, redujeron los costos de producción, pero llevaron a esas comunidades a la pobreza absoluta y a situaciones de semiesclavitud, vulnerando flagrantemente los Derechos Humanos. Pero también, al mismo tiempo, que sociedades como la nuestra vieran perder su tejido industrial sin que los poderes públicos trabajasen en una alternativa viable y seria, más allá del fomento de la construcción, con las tristes consecuencias que ahora estamos padeciendo.

Pero este proceso de deslocalización y, consecuentemente de desindustrialización, no ha sido casual, sino que ha sido consecuencia de las políticas neoliberales, la versión más agresiva del capitalismo, que de forma sistemática han desarrollado los gobiernos españoles, desde Felipe González hasta Rajoy, pasando por Aznar y Zapatero, al dictado de lo que han marcado instituciones internacionales, como el FMI, la OMC e, incluso, la Unión Europea, que desde el Tratado de Maastricht defendió abiertamente la liberalización económica y de los mercados de un modo radical, cuyo fruto no ha sido más que la pérdida de puestos de trabajo y el empobrecimiento de la ciudadanía.

Por eso, resultaría cómico, si no fuera por la gravedad que reviste el asunto, que sean las mismas instituciones que nos han llevado a la ruina, superando cualquier récord en desempleo, los que ahora pretendan ser quienes nos guíen mediante la aceptación de unas medidas inútiles, hacia la salvación.

Quizás sea ya el momento de que tomemos ejemplo de lo que en su día hicieron otros países, especialmente en Latinoamérica, y digamos a estos amantes de las políticas neoliberales, desde nuestros gobernantes –alcaldes, ministro, presidente- hasta los dirigentes de las instituciones internacionales, que otra forma de economía es posible. Y que solamente librándonos de las políticas que nos están imponiendo, consigamos hacer que no haya en el País Valenciano, que dé esperanza a esas casi 600.000 personas que hoy no encuentran un puesto de trabajo para ganarse, dignamente, la vida.